El secreto de las hadas


Para aprender a confiar en nuestra voz interior y en que nuestros sueños pueden hacerse realidad.

Hoy la pequeña hada Celeste se ha despertado antes de que saliera el sol. Sabe que tiene que levantarse para continuar buscando su varita, pero está muy cansada y le duelen las alas de tanto volar. Cuando ve que todavía está oscuro vuelve a cerrar los ojos y a taparse con la hoja para seguir durmiendo, pero no puede. No puede dejar de pensar en el sueño que ha tenido esta noche: estaba en casa, en su cama, y se despertaba muy contenta porque por fin había encontrado su varita y podía ir a la escuela de hadas. Hace tantos meses que viaja buscándola... Ya no sabe a dónde ir ni a quién preguntar. De pronto se pone triste y se siente muy sola.

-Quizás no la encontraré nunca -piensa-. Quizás no tengo que ser un hada. Quizás en lugar de ayudar a la gente tengo que hacer alguna otra cosa, como hacer mermeladas de frutas, pintar cuadros o aprender a tocar algún instrumento... ¿Y si me he equivocado? ¿Y si sólo quería ser un hada porque quería ser como mis amigas?  

Y sin darse cuenta empieza a hacer una lista de todas las cosas que seguramente le impiden ser un hada: –-Para empezar, no tengo varita, y todas las hadas necesitan una para poder hacer magia. Tampoco conozco ninguna palabra mágica, y sin palabras mágicas no puedo hacer nada. Además siempre estoy oyendo una vocecita muy rara que me habla y no sé de dónde viene... ¿Y si me estoy volviendo loca? ¡No puedo ser un hada si estoy loca! Y estas medias de colores que llevo... A mí me gustan mucho, pero las hadas no visten así...

Y a medida que se le van ocurriendo más y más cosas se va convenciendo de que ella no ha nacido para ser un hada. -Ahora que lo pienso, tampoco es tan grave no ser un hada. No todo el mundo lo es. Seguro que puedo hacer muchas otras cosas y ser muy feliz sin hacer magia.

Y poco a poco empieza a imaginarse su nueva vida y se va poniendo contenta pensando en todas las cosas que podrá hacer sin ser un hada. Y mientras, el cielo va cambiando de color y los primeros rayos de sol empiezan a abrirse paso entre las hojas de los árboles.

-Levántate y vete a casa -le susurra Lucy apartándole el pelo de la oreja. Pero Celeste está tan ocupada pensando que no la oye. -Levántate y vete a casa -le vuelve a decir levantando más la voz. Pero nada de nada. Celeste tiene la cabeza tan llena de pensamientos que no le queda sitio para que le lleguen las palabras de su amiga... Entonces, Lucy, que no puede gritar más, coge una pluma del suelo y empieza a hacerle cosquillas en la oreja.

Celeste da un bote y se levanta de un salto. Y como no hay nada mejor que un susto para dejar la mente en blanco, Lucy, que no puede aguantarse la risa, aprovecha para volverle a decir: -Vete a casa, Celeste. Ya es hora de volver.

Y esta vez la pequeña hada sí que la oye. -A lo mejor sí que tendría que volver a casa -piensa-. La verdad es que esta vocecita que oigo siempre acaba teniendo razón, venga de donde venga. 

Y así, después de desayunar un poco que néctar hace unos estiramientos de alas, las sacude un poco para comprobar que puede volar aunque le duelan y da un saltito para elevarse. Por primera vez en muchos meses, hoy no va a buscar su varita. Hoy Celeste vuelve a casa.

No hay ni una nube y no corre nada de aire. Celeste vuela poquito a poco para no cansarse. Tiene un largo camino por delante y aunque tiene muchas ganas de llegar sabe que no puede forzar demasiado sus pequeñas alas. Pero de pronto oye un ruido muy fuerte y, antes de poder mirar de dónde viene, un fuerte remolino la arrastra y la hace girar a gran velocidad haciéndole perder el equilibrio y poniéndola cabeza abajo. Después de dar vueltas en todas direcciones por fin consigue recuperarse, pero antes de poder comprender qué ha ocurrido vuelve a oír el mismo ruido y otro remolino se la lleva de nuevo y la hace girar y girar sin que pueda hacer nada.

Cuando parece que todo ha pasado, la pequeña hada Celeste se aparta el pelo de la cara y resopla para recuperar el aliento. 

-Pero ¿qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? ¡Vaya susto!

Y entonces la ve. Una avioneta de color amarillo hace cabriolas, sube y baja por el cielo como si hiciera dibujos en el aire. 

-¡Eh, tú! -grita-. ¡Vigila por dónde vas, que has estado a punto de hacerme caer!

Entonces la avioneta gira y vuelve hacia atrás, acercándose a Celeste. 

-¡Noooooo! ¡Otra vez no! -grita ella asustada. Pero esta vez la avioneta se le acerca con mucho cuidado y se coloca justo por debajo de Celeste. 

-¡Vaya, lo siento mucho, no te había visto!–-le dice el piloto-. ¿Estás bien? 

-Sí, pero las alas ya me dolían y ahora sólo me ha faltado esto. No podré volar mucho más y no podré llegar a casa –le responde ella. 

-No te preocupes, yo te llevaré. Es lo mínimo que puedo hacer para compensarte. Baja poco a poco y siéntate aquí en mis piernas -le dice él.

Y Celeste, con mucho cuidado, baja hasta el piloto y se sienta.

-¡Caramba, nunca me había encontrado un hada! -dice el piloto. 

-No, no soy un hada -dice Celeste-. Por eso vuelvo a casa, porque pensaba que encontraría mi varita pero creo que me equivoqué y ya no hace falta que la encuentre. Hace meses que la busco por todas partes, pero seguramente no la he encontrado porque no soy ninguna hada. 

-¿Sabes? -dice él-– A veces vamos muy lejos para buscar cosas que queremos encontrar y al final resulta que las teníamos muy cerca y no nos habíamos dado cuenta. Y a menudo las encontramos cuando dejamos de buscarlas. 

-Pues yo la busqué muy bien por casa antes de marchar y te puedo asegurar que no estaba -le dice Celeste toda convencida. 

-Tú dirás lo que quieras, pero para mí sí que eres un hada –le dice el piloto con una sonrisa. Celeste se lo mira pensando que este hombre no tiene ni idea de hadas y decide cambiar de tema. 

-¿Y tú qué hacías antes volando de esa forma tan rara? ¿No es peligroso?

-A esto se le llama hacer acrobacias. Hay que practicar mucho y siempre tienes que estar muy alerta, pero cuando ya has aprendido es muy divertido. Tú tienes mucha suerte porque tienes alas y puedes volar, pero yo sólo puedo hacerlo en la avioneta. Cuando era pequeño ya soñaba con poder pilotar aviones, así que en cuanto pude aprendí y ahora me lo paso pipa. 

-Sí, ni que lo digas -dice Celeste- pero a ver si vas con un poco más de cuidado.

Al cabo de un buen rato Celeste mira hacia abajo y ve que ya empieza a reconocer el paisaje. Sobrevuelan inmensos campos y bosques verdes, y de vez en cuando algún pequeño pueblo de casitas con el tejado de pizarra. Aquí y allá ven las ruinas de algún castillo o una manada de ciervos que corren asustados por el ruido de la avioneta... 

-¡Mira! ¡Allí! ¡Ya falta poco! -exclama Celeste señalando hacia abajo. En medio de una gran explanada hay un círculo de piedras inmensas plantadas en el suelo. Algunas están planas encima de las otras, como si formaran una mesa. 

-Esto es muy bonito. ¿Tú vives aquí?–-le pregunta el piloto. 

-No, todavía falta un poco, pero de vez en cuando me gusta venir a pasar el día, porque este es un lugar muy mágico.

Después de sobrevolar una zona de montañas y valles verdes Celeste exclama: 

-¡Ya hemos llegado! ¡Eso de ahí abajo es la escuela! -y sin que el piloto tenga tiempo de reaccionar, Celeste salta de la avioneta haciendo una cabriola. 

-Muchas gracias por traerme -le dice a su nuevo amigo-. Antes de ir a casa bajaré un momento a saludar a mis amigas–. Pero antes de irse se acerca al piloto y le da un abrazo y un beso en la mejilla. 

-Me ha gustado mucho volar contigo. A lo mejor nos encontramos otro día y lo repetimos -le dice. Él sonríe, le dice adiós con la mano y da media vuelta para irse.

La pequeña hada Celeste baja hacia el bosque donde está la escuela, pero antes de llegar decide sentarse en la rama de un árbol y observar a sus amigas que están fuera haciendo prácticas con sus varitas. 

-Qué bien se lo pasan -piensa. Y sin poderlo evitar se pone un poco triste. -Me hubiera gustado mucho ser un hada como vosotras, pero si no puede ser, no puede ser. Seguramente también haré cosas divertidas y podré ser muy feliz.

Mientras, Lucy se ha ido hacia la escuela y ha entrado por una ventana al despacho de la maestra.

-¡Hola Lucy! ¡Qué sorpresa! -le dice ella al verla-.–¿Cómo le ha ido a Celeste? ¿Ha descubierto ya el secreto de las hadas?

Lucy le cuenta a la maestra todo lo que les ha pasado durante el viaje y le dice que Celeste ha decidido que ya no quiere ser un hada porque no ha encontrado la varita. 
-Ha descubierto el secreto, pero no lo sabe -le dice la maestra-. Es una pena que no quiera ser un hada, pero es normal que cuando las cosas se ponen difíciles a veces dudemos de si vale la pena seguir. ¿Por qué no la vas a buscar y le dices que venga a verme?

Y Lucy sale por donde había entrado y vuela hacia el árbol donde está Celeste. 

-No tengo ganas de hablar con nadie. Estoy muy cansada del viaje. Me voy a casa. Ya volveré otro día –piensa-. Pero entonces Lucy le dice: 

-Al menos ve a saludar a la maestra y dile que ya has vuelto. 

Y en el último momento Celeste, que ha oído la vocecita, decide hacerle caso y vuela hacia la escuela.

-¡Hola! -saluda entrando por la ventana. 

-¡Hola Celeste! ¡Qué alegría verte! ¿Cómo te  ha ido? ¿Ya has encontrado tu varita?-le pregunta la maestra. 

Celeste hace que no con la cabeza, pero como no quiere que la maestra vea que está triste sonríe y le dice: 

-¿Sabes, maestra? He decidido que esto de ser un hada no va conmigo. Creo que prefiero hacer cosas más normales... ¡A lo mejor aprendo a tocar un instrumento o a pintar cuadros! 

-¿Ah, sí? -dice la maestra-. Pues es una pena, ahora que has descubierto el secreto de las hadas. Tus compañeras todavía no lo han hecho,  y eso que ya estamos casi a final de curso-. Celeste la mira con cara extrañada. 

-¿El secreto? ¿Qué secreto? Yo no he descubierto ningún secreto. 

-¡Y tanto que sí! Has descubierto el secreto de las hadas, el secreto de nuestra magia.

“Mira, te presento a Lucy –le dice mientras la luciérnaga se le acerca y se posa en su mano–. Te ha acompañado todo este tiempo y siempre que necesitabas ayuda te ha hablado y te ha dicho qué tenías que hacer. 

-¡Vaya! ¡Ahora lo entiendo! Yo oía una vocecita pero no sabía de dónde venía, y la verdad es que siempre ha acertado -exclama Celeste con los ojos abiertos como platos. Y la maestra continua: 

-Las hadas, y de hecho todo el mundo, podemos oír esta vocecita, pero a veces la gente está tan ocupada pensando en sus problemas y tiene la cabeza tan llena de pensamientos que no la oye. Yo le dije a Lucy que te acompañara porque estabas tan triste por haber perdido tu varita que no podías oír tu vocecita, y ella te ha hecho de altavoz para que pudieras oírla mejor. ¡Y veo que ha funcionado!"

-Sí, pero -dice Celeste- ¿y eso qué tiene que ver con el secreto de las hadas? 

-Pues que si sabes escuchar la vocecita y hacerle caso, siempre encontrarás soluciones a tus problemas y también podrás ayudar a quien lo necesite. ¿No es eso lo que hacen las hadas, ayudar? Durante tu viaje has hecho un  montón de amigos y les has ayudado cuando tenían problemas. Y mientras lo hacías incluso te has olvidado de buscar tu varita -le explica la maestra.

Pero Celeste no acaba de entenderlo.–

-Celeste -le dice la maestra acercándosele y acariciándole el pelo-–para hacer magia no hace falta ninguna varita. ¡La magia de las hadas está dentro! La varita sólo la llevamos porque mucha gente cree que no se puede hacer magia sin ella, peo en realidad la magia la hacemos nosotras. Tú ya eres un hada, aunque no hayas encontrado tu varita. Si aprendes a callar tus pensamientos podrás escuchar la vocecita siempre que la necesites y podrás ayudar a quien te lo pida, porque siempre encontrarás la respuesta que buscas. Todo el mundo puede hacerlo, pero a veces todos necesitamos un poquito de ayuda, y para eso estamos las hadas, para ayudar cuando alguien no puede hacerlo solo.

Mientras escucha a la maestra, la pequeña hada Celeste siente tanta alegría que le cogen ganas de ponerse a bailar. Está tan feliz que le gustaría podérselo explicar a todos los amigos que ha hecho durante su viaje. Se da cuenta de que todo el esfuerzo, todo el cansancio y todo el tiempo que ha pasado fuera de casa han valido la pena.

-Pero ahora tienes que ir con cuidado -le dice la maestra-. Aunque seas un hada y tengas muchas ganas de ayudar a los demás sólo puedes hacerlo si te lo piden. No puedes hacer magia para cambiar la vida de nadie ni puedes obligarles a hacer nada que no quieran. Esto es lo más importante de tu labor: tienes que ayudarles para que ellos mismos aprendan a escuchar también su vocecita.

-¿Y ahora ya no hace falta que venga a la escuela? -le pregunta Celeste.

-No hace falta que vengas, pero puedes hacerlo siempre que quieras. Todas estaremos muy contentas si nos visitas de vez en cuando.

Celeste se le lanza al cuello y le da un fuerte abrazo. Después coge a Lucy con mucho cuidado y le da un besito. 

-Muchas gracias Lucy. No lo habría conseguido sin ti -le dice, y la vuelve a dejar en la cajita dorada para que descanse. Y dando una voltereta de alegría sale volando por la ventana para irse, por fin, a casa.

Cuando entra por la puerta se da cuenta de qué cansada está y, sin ni siquiera quitarse la ropa, se tumba en la cama y se queda dormida en un plis plas. Cuando se despierta al día siguiente decide poner un poco de orden y arreglar la casa, porque se fue tan rápido que ni siquiera se hizo la cama. Estira las sábanas y coge la almohada para ponerla bien. Entonces la ve.

-¡Mi varita! -exclama sorprendida. La noche antes de empezar la escuela estaba tan contenta que quería tenerla bien cerca y no olvidársela al día siguiente, pero se levantó tan nerviosa que se le fue de la cabeza dónde la había puesto.

-Vaya, el piloto de la avioneta tenía razón. La he buscado por todas partes y no podía tenerla más cerca. Y ahora que había dejado de buscarla la he encontrado.

Y con la varita en la mano empieza a dar vueltas por la habitación muerta de risa. 

-Al final lo que soñé se ha hecho realidad. Estoy en casa y he encontrado mi varita... ¡Y soy un hada, un hada de verdad!

Y sí, su largo viaje ha terminado y su sueño se ha hecho realidad, pero lo que Celeste no sabe es que ahora que es un hada tampoco dejará nunca de viajar.
A veces nos esforzamos mucho para conseguir una cosa que hace tiempo que deseamos, pero llega un momento en que nos parece que no la conseguiremos nunca. Entonces dudamos, pensamos que quizás eso no es para nosotros y decidimos olvidarla. Pero si lo que deseamos es importante para nuestra vida y para nuestro crecimiento, al final seguro que acabaremos consiguiéndolo. Si tiene que ser, será, y si no, no será, pero tanto si la conseguimos como si no, siempre aprenderemos alguna cosa que necesitábamos aprender. Todos tenemos dones y habilidades y debemos intentar siempre utilizarlos del mejor modo posible. 

Celeste está tan cansada de buscar su varita que duda de su mayor deseo, ser un hada. Pero al final, sin saberlo, ya se ha convertido en una. Tiene muchos dones para ser un hada, y por eso al final lo ha conseguido. 

A veces tenemos que tomar decisiones y no sabemos qué hacer. Cuanto más pensamos, más difícil nos resulta, e incluso al final podemos llegar a decidir cosas que no son lo mejor para nosotros. En cambio, si aprendemos a escuchar nuestra vocecita, la decisión que tomemos siempre será acertada y antes o después veremos que lo que hemos elegido era lo mejor que podíamos elegir. Pero sólo podemos oírla cuando tenemos la mente tranquila, sin pensamientos. 

Al principio Celeste no oye a Lucy porque está muy ocupada pensando en todo lo que hará sin ser un hada. Cuando Lucy le hace cosquillas en la oreja, deja de pensar y es entonces cuando por fin puede oírla.

Cuando vemos que alguien necesita ayuda, sobre todo cuando es una persona querida, a menudo intentamos solucionarle los problemas porque no nos gusta que sufra. No debemos olvidar que los problemas siempre son oportunidades para aprender algo, por eso cada uno tiene que poder encontrar sus soluciones. Si hacemos su trabajo les estamos quitando una oportunidad para crecer y aprender una cosa que necesitan. En cambio, si la persona nos pide que la ayudemos sí que podemos hacerlo, sobre todo intentando que ella misma aprenda a escuchar su vocecita y encontrar cuál es la mejor solución a lo que le ocurre. ¡Sin embargo esto no cuenta cuando alguien se ha hecho daño o está en peligro! Entonces debemos ayudarle en seguida que podamos. 

La maestra le dice a Celeste que vaya con cuidado y que sólo ayude a quien se lo pida. Lo más importante de su labor es ayudar a los demás para que aprendan a escuchar su vocecita.

A veces, mientras dormimos, tenemos sueños que nos ayudan a comprender cosas que nos han sucedido, nos dan respuestas a preguntas que nos hacemos o nos enseñan cosas que luego nos pasan. Cuando no podemos escuchar nuestra vocecita, a menudo nos habla a través de los sueños para que la entendamos mejor.  

Celeste sueña que está en casa y que ha encontrado su varita. Al principio se pone triste y decide volver porque está cansada de buscarla y cree que no debe ser un hada, pero al final resulta que su sueño se hace realidad. El sueño la ayuda a decidir que ya es hora de volver a casa y además le enseña lo que sucederá después, aunque Celeste no se da cuenta hasta que encuentra su varita.




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